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jueves, 25 de septiembre de 2025

El idioma secreto de los perros 🐶

Cómo interpretar las señales de calma, el movimiento de la cola y la posición de las orejas

Quienes convivimos con perros solemos pensar que los conocemos perfectamente. Sabemos cuándo tienen hambre, cuándo quieren salir a pasear y hasta cuándo están buscando una caricia extra. Sin embargo, existe un mundo entero de mensajes silenciosos que muchas veces pasan desapercibidos. Los perros hablan constantemente. Lo hacen sin palabras, sin frases y sin sonidos elaborados. Hablan con sus ojos, con sus patas, con la posición de su cuerpo, con sus orejas y, por supuesto, con su cola. El problema no es que ellos no se expresen; el problema es que muchas veces nosotros no sabemos interpretar su lenguaje.

Aprender a leer el cuerpo de un perro es como descubrir un idioma nuevo, uno que lleva miles de años desarrollándose junto a los seres humanos. Y cuando finalmente comenzamos a comprenderlo, la relación cambia por completo. Ya no vemos simplemente a una mascota moviéndose por la casa. Empezamos a descubrir emociones, preocupaciones, alegrías y mensajes que siempre estuvieron allí, esperando ser entendidos.

MOVIMIENTO DE LA COLA

Uno de los errores más comunes es pensar que una cola en movimiento significa necesariamente felicidad. Es una idea tan instalada que muchas personas ni siquiera se cuestionan si puede existir otro significado. Sin embargo, la realidad es mucho más interesante. La cola de un perro funciona como una especie de termómetro emocional que expresa distintos estados de ánimo según la velocidad, la altura y la rigidez del movimiento.

Cuando un perro mueve la cola de forma amplia, relajada y acompañada de un cuerpo suelto, generalmente está expresando alegría y bienestar. Es la clásica imagen del perro feliz que corre hacia su familia cuando alguien llega a casa. Todo su cuerpo parece participar en la celebración. Pero no siempre ocurre así.

Una cola rígida, elevada y moviéndose lentamente puede indicar alerta o tensión. El perro está evaluando una situación, observando algo que le llama la atención o intentando determinar si existe algún riesgo. En estos casos, aunque la cola se mueva, no necesariamente existe felicidad. Más bien hay expectativa o vigilancia.

También puede ocurrir que la cola se mueva rápidamente mientras el cuerpo permanece tenso. Esa combinación suele reflejar nerviosismo o excitación excesiva. Algunos perros hacen esto cuando se sienten inseguros frente a personas desconocidas o en situaciones nuevas. El movimiento existe, pero la emoción que lo genera no es precisamente alegría.

Y luego está la cola escondida entre las patas, una de las señales más fáciles de interpretar. Casi siempre habla de miedo, inseguridad o sumisión. Es una manera instintiva de protegerse y comunicar vulnerabilidad. Un perro que adopta esta postura está diciendo claramente que no se siente cómodo con lo que está ocurriendo.

MOVIMIENTO DE LAS OREJAS

Las orejas también forman parte de este fascinante sistema de comunicación. Aunque las formas cambian según la raza, las posiciones suelen transmitir mensajes similares. Las orejas relajadas indican tranquilidad. El perro se siente seguro y no percibe amenazas. Es el equivalente canino a estar sentado cómodamente en casa disfrutando de un momento de paz.

Cuando las orejas se orientan hacia adelante, algo ha captado su atención. Puede ser un sonido extraño, una persona acercándose o simplemente un estímulo interesante. Es una señal de curiosidad y concentración. El perro está procesando información.

En cambio, cuando las orejas se van hacia atrás, especialmente si están pegadas a la cabeza, el mensaje suele cambiar. Puede reflejar miedo, incomodidad, inseguridad o incluso estrés. Muchas veces vemos esta postura durante visitas al veterinario, tormentas o situaciones que generan incertidumbre.

Lo fascinante es que ninguna señal debe interpretarse de manera aislada. Un perro comunica mediante un conjunto completo de gestos. Las orejas, la cola, la mirada y la postura corporal funcionan como piezas de un mismo rompecabezas emocional.

Y aquí es donde entramos en uno de los aspectos más interesantes del lenguaje canino: las señales de calma. Son pequeños gestos que los perros utilizan para reducir tensiones, evitar conflictos y comunicar que desean mantener la paz. Muchas veces pasan desapercibidos porque son extremadamente sutiles, pero una vez que aprendemos a identificarlos comienzan a aparecer por todas partes.

Uno de los más frecuentes es lamerse los labios sin que haya comida presente. Mucha gente piensa que el perro simplemente tiene hambre o está limpiándose la boca. Sin embargo, en muchos casos se trata de una señal de incomodidad o nerviosismo. Es una forma de autorregularse emocionalmente.

OTROS MOVIMIENTOS 

Otro gesto muy común es bostezar. Claro que los perros bostezan cuando tienen sueño, igual que nosotros. Pero también lo hacen cuando están atravesando situaciones que les generan estrés o incertidumbre. Un perro que bosteza repetidamente en un entorno tenso está intentando calmarse.

Girar la cabeza es otra señal fascinante. Cuando un perro aparta la mirada o gira el rostro frente a una situación incómoda, está comunicando que no busca confrontación. Es una manera elegante y pacífica de decir: “No quiero problemas”.

Muchos perros también olfatean el suelo repentinamente cuando se sienten inseguros. Desde afuera parece que encontraron algo interesante para oler, pero en realidad están utilizando ese comportamiento como una estrategia para reducir tensión emocional.

Parpadear lentamente, caminar despacio, sentarse de manera tranquila o incluso colocarse de lado frente a otro perro son formas de transmitir calma y evitar conflictos. Son comportamientos profundamente inteligentes que muestran la enorme capacidad social de los perros.

Lo más sorprendente es que estas señales no solo las utilizan con otros perros. También las usan con nosotros. Un perro puede bostezar cuando lo abrazamos demasiado fuerte, lamerse los labios cuando recibe demasiada atención de desconocidos o apartar la mirada cuando se siente incómodo. No está siendo maleducado. Está intentando comunicarse.

Comprender estas señales transforma por completo nuestra relación con ellos. Nos permite respetar sus emociones y responder de manera más adecuada a sus necesidades. Muchas situaciones que terminan en estrés, miedo o incluso reacciones defensivas podrían evitarse simplemente aprendiendo a escuchar lo que el perro está diciendo con su cuerpo.

Hay algo profundamente hermoso en esta forma de comunicación. Los perros no pueden mentir con las palabras porque no las utilizan. Sus emociones aparecen reflejadas directamente en sus movimientos. Son honestos de una manera que pocas especies pueden serlo.

Quizá por eso tantas personas sienten una conexión tan especial con ellos. Nos enseñan a prestar atención a los detalles, a observar más allá de lo evidente y a descubrir que el verdadero lenguaje del amor muchas veces ocurre en silencio.

Cuando un perro apoya suavemente la cabeza sobre nuestras piernas, cuando mueve la cola al escucharnos llegar, cuando nos sigue con la mirada o cuando simplemente se acuesta cerca de nosotros, está comunicando algo. Tal vez no podamos traducir cada gesto con precisión absoluta, pero sí podemos aprender a entender la esencia de sus mensajes.

Y cuanto más aprendemos ese idioma silencioso, más fuerte se vuelve el vínculo. Porque un perro no necesita palabras para expresar confianza, alegría o cariño. Lo hace con una mirada, con una postura relajada o con ese movimiento de cola que, cuando conocemos el contexto, se convierte en una conversación completa.

Al final, comprender el lenguaje corporal canino no consiste solamente en aprender técnicas o identificar señales. Se trata de construir una relación más profunda, más respetuosa y más consciente. Se trata de reconocer que nuestros perros sienten, piensan y se comunican constantemente. Y que detrás de cada movimiento de cola, de cada oreja levantada y de cada pequeño gesto de calma existe una emoción esperando ser escuchada.

Quizá la mayor enseñanza sea esta: nuestros perros nos hablan todos los días. La pregunta no es si tienen algo para decir. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a detenernos un momento para escucharlos.🐶






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lunes, 25 de agosto de 2025

El Lenguaje Silencioso: Cómo entender lo que tu perro dice con su cuerpo

Hay conversaciones que no necesitan palabras. Ocurren en una mirada, en un movimiento pequeño de la cola, en unas orejas que se levantan de repente o en ese gesto suave de apoyar la cabeza sobre nuestras piernas después de un día difícil. Los perros viven hablando con nosotros constantemente, aunque muchas veces no sepamos escucharlos. Ellos no necesitan frases largas para expresar alegría, miedo, ansiedad, confianza o amor. Su cuerpo entero es un idioma silencioso, profundo y sincero. Y cuando aprendemos a entenderlo, algo maravilloso sucede: la relación con nuestro perro cambia para siempre.

Quien convive con un perro sabe que hay momentos en los que parece entender exactamente lo que sentimos. Nos observa cuando estamos cansados, se acerca cuando algo duele y celebra nuestras alegrías con una emoción que desarma cualquier tristeza. Pero la comunicación no ocurre solamente de ellos hacia nosotros; también depende de nuestra capacidad para interpretar lo que intentan decirnos.

Muchas veces creemos que un perro mueve la cola porque está feliz y nada más. Sin embargo, el lenguaje corporal canino es muchísimo más complejo y fascinante. La cola, por ejemplo, puede expresar muchas emociones distintas. Un movimiento relajado y amplio suele indicar alegría o tranquilidad. Pero una cola rígida y levantada puede reflejar tensión o alerta. Una cola escondida entre las patas habla casi siempre de miedo, inseguridad o ansiedad. Incluso la velocidad del movimiento puede decir mucho. Algunos perros mueven la cola tan fuerte cuando ven a alguien querido que parece que todo su cuerpo sonríe con ellos.

Las orejas también son auténticos indicadores emocionales. Cuando están relajadas, el perro suele sentirse cómodo y seguro. Si se levantan bruscamente hacia adelante, probablemente haya captado algo que despertó su atención. En cambio, las orejas hacia atrás pueden expresar miedo, sumisión o incomodidad. Y aunque cada raza tiene formas distintas de orejas, todas comunican algo constantemente.

Los ojos son otro universo entero dentro del lenguaje canino. Hay miradas brillantes llenas de entusiasmo y otras que revelan preocupación o tristeza. Un perro relajado suele tener una expresión suave, tranquila. Pero cuando muestra mucho la parte blanca de los ojos, lo que muchos llaman “ojo de ballena”, generalmente está sintiendo estrés o incomodidad. A veces ocurre cuando alguien intenta abrazarlo demasiado fuerte o cuando algo lo hace sentir inseguro.

Y aquí aparece algo importante que muchas personas desconocen: no todos los perros disfrutan ciertas formas humanas de afecto. Nosotros abrazamos porque es una muestra de cariño, pero algunos perros pueden interpretarlo como una invasión de espacio. No significa que no nos amen; simplemente hablan otro idioma emocional.

La postura corporal completa también comunica muchísimo. Un perro relajado suele moverse con naturalidad, con el cuerpo suelto y tranquilo. En cambio, un cuerpo rígido puede ser señal de tensión o alerta. Cuando un perro se encoge, baja el cuerpo o intenta hacerse pequeño, normalmente está sintiendo miedo. Por el contrario, un perro que se para firme, erguido y quieto puede estar intentando mostrarse dominante o inseguro frente a otro estímulo.

Y luego están esas señales pequeñas que pasan desapercibidas para muchas personas, pero que son fundamentales para entender a un perro. Lamerse los labios sin haber comida cerca, bostezar repetidamente o girar la cabeza pueden ser señales de estrés. Muchos perros utilizan estos gestos para intentar calmar una situación incómoda. Son lo que algunos especialistas llaman “señales de calma”. Es la forma que tienen de decir: “No quiero problemas”, “Estoy nervioso” o “Necesito espacio”.

Qué increíble resulta pensar que mientras nosotros hablamos con palabras, ellos conversan con silencios llenos de significado. Y quizá por eso tantas veces sentimos que un perro nos entiende incluso cuando nadie más lo hace.

También es importante entender que el ladrido es apenas una pequeña parte de su comunicación. Hay ladridos de alegría, de alerta, de frustración y hasta de aburrimiento. Pero un perro comunica muchísimo más con su cuerpo que con su voz. A veces un simple suspiro al acostarse cerca nuestro expresa más tranquilidad que cualquier sonido.

Los perros observan constantemente el ambiente. Perciben energías, tonos de voz y movimientos. Muchas veces reaccionan más a cómo decimos algo que a las palabras en sí. Un perro puede no entender una frase completa, pero sí entiende perfectamente cuándo estamos tranquilos, nerviosos, felices o alterados. Son expertos leyendo emociones humanas.

Quizá por eso los vínculos con ellos llegan a sentirse tan profundos. Porque la comunicación ocurre en un nivel distinto, más intuitivo y emocional. Hay personas que pasan años con un perro y terminan desarrollando una especie de lenguaje propio hecho de miradas, rutinas y pequeños gestos cotidianos.

Un perro emocionado antes de salir a pasear puede girar en círculos, mover la cola descontroladamente y mirar fijamente la puerta como si acabara de recibir la mejor noticia del universo. Un perro triste puede buscar rincones silenciosos o dormir más de lo habitual. Uno ansioso quizá camine de un lado a otro o jadee sin motivo aparente. Todo comunica algo.

Y aprender a leer esas señales no solo fortalece el vínculo; también ayuda muchísimo a prevenir problemas. Muchos accidentes o mordidas ocurren porque las personas no reconocen las señales previas de incomodidad. Antes de gruñir, un perro normalmente ya intentó comunicar que estaba incómodo de muchas maneras más sutiles. Quizá tensó el cuerpo, apartó la mirada o mostró señales de estrés que nadie interpretó.

Por eso, entender el lenguaje corporal canino es también una forma de respeto. Es reconocer que los perros sienten emociones complejas y tienen derecho a expresarlas. A veces esperamos que ellos aprendan nuestro idioma humano, pero pocas veces hacemos el esfuerzo de aprender el suyo.

Y cuando finalmente comenzamos a observarlos de verdad, descubrimos un mundo emocionante. Descubrimos que cada perro tiene maneras únicas de expresarse. Algunos son extremadamente demostrativos; otros más reservados. Algunos buscan contacto físico constante, mientras otros prefieren demostrar cariño permaneciendo cerca en silencio.

Hay perros que apoyan la cabeza sobre nuestras piernas cuando perciben tristeza. Otros traen juguetes intentando animarnos. Algunos simplemente se sientan cerca, como diciendo: “Estoy acá”. Y aunque no pronuncien una sola palabra, sentimos perfectamente lo que quieren transmitir.

Tal vez esa sea una de las razones por las que convivir con perros transforma tanto a las personas. Nos obligan a prestar atención a cosas que normalmente ignoramos. Nos enseñan a leer emociones en silencios, a interpretar pequeños detalles y a comprender que el amor muchas veces se expresa sin palabras.

En un mundo lleno de ruido, pantallas y conversaciones apresuradas, los perros siguen comunicándose de la manera más pura y honesta posible. No saben mentir con el cuerpo. Si están felices, todo en ellos lo demuestra. Si sienten miedo, también. Son transparentes emocionalmente de una manera que los humanos muchas veces hemos olvidado.

Y quizá por eso nos hacen tanto bien. Porque su manera de vivir las emociones resulta auténtica, simple y profundamente real.

Aprender el lenguaje silencioso de un perro no requiere títulos ni estudios complejos. Requiere tiempo, observación y cariño. Requiere detenerse un poco más en sus miradas, en cómo se mueven, en cómo reaccionan al mundo. Poco a poco comenzamos a entender que detrás de cada gesto existe una emoción intentando ser escuchada.

Entonces dejamos de ver “solo un perro” y empezamos a descubrir a un ser sensible, inteligente y emocionalmente complejo. Un compañero que nos habla todos los días, incluso cuando la casa permanece completamente en silencio.

Y quizá lo más hermoso de todo sea descubrir que, cuanto más entendemos su lenguaje, más profunda se vuelve la conexión. Porque los perros no necesitan palabras para decirnos que nos aman. Nos lo dicen con la cola moviéndose apenas escuchan nuestras pisadas, con esa mirada brillante al regresar a casa y con la tranquilidad absoluta de dormir cerca nuestro, confiando plenamente en que mientras estemos allí, todo estará bien.🐶






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viernes, 25 de julio de 2025

Dos personalidades únicas y un amor incondicional 🐶

Hay debates que jamás pasarán de moda entre quienes aman a los perros. Uno de ellos aparece casi siempre en alguna conversación familiar, en una plaza o en una veterinaria: “¿Qué es mejor, macho o hembra?”. Y lo curioso es que cada persona responde desde la experiencia, desde las travesuras que vivió, desde los abrazos recibidos y también desde los pequeños desastres cotidianos que solo quienes conviven con perros pueden entender. Porque la verdad es que no existe una respuesta absoluta. Cada perro tiene su personalidad, su historia y su manera única de amar. Pero también es cierto que, en líneas generales, machos y hembras suelen mostrar diferencias muy marcadas en comportamiento, energía y madurez.

Muchas personas describen al macho como ese eterno cachorro grandote. Incluso cuando crece, mantiene algo infantil en la forma de jugar, correr o reaccionar al mundo. Hay machos que parecen vivir con una alegría permanentemente desordenada. Corren detrás de cualquier pelota, tropiezan con sus propias patas, hacen movimientos exagerados y muchas veces actúan con una torpeza encantadora que termina robando sonrisas. Son como esos amigos que nunca pierden la capacidad de entusiasmarse por las cosas simples.

La hembra, en cambio, suele transmitir otra energía. Hay quienes dicen que madura antes, que observa más y actúa con mayor serenidad. Muchas perras tienen una inteligencia emocional muy evidente. Parecen entender rápidamente las rutinas de la casa, adaptarse mejor a ciertos límites y observar el entorno con más atención. Mientras el macho muchas veces sigue jugando como si el mundo entero fuera un parque gigante, la hembra parece mirar alrededor evaluando la situación con una mezcla de sensibilidad y carácter.

Y quizá ahí nace una de las diferencias más hermosas: el macho suele conquistar por su espontaneidad, mientras que la hembra enamora por su conexión emocional más profunda y tranquila. Claro que no es una regla matemática. Existen hembras hiperactivas y machos extremadamente calmados. Pero quienes han convivido con ambos saben que ciertas características aparecen una y otra vez.

Los machos, por ejemplo, suelen ser más impulsivos. Se emocionan rápido, reaccionan rápido y muchas veces viven el presente con una intensidad absoluta. Hay algo profundamente divertido en esa energía desbordada. Son los que muchas veces terminan embarrados, los que calculan mal un salto, los que siguen jugando aun cuando ya están completamente agotados. Conservan una especie de inocencia permanente. Incluso envejeciendo, algunos continúan actuando como cachorros gigantes que jamás entendieron que crecieron.

Las hembras, por otro lado, muchas veces desarrollan una relación distinta con la familia. Suelen mostrarse más observadoras y emocionalmente intuitivas. Hay perras que parecen detectar el estado de ánimo de sus dueños antes incluso de que alguien diga una palabra. Se acercan despacio cuando alguien está triste, buscan compañía silenciosa y generan vínculos muy profundos. Algunos dueños dicen que mientras el macho quiere jugar contigo, la hembra quiere entenderte.

También existen diferencias físicas evidentes. En muchas razas, el macho suele ser más robusto, más grande y musculoso. Tiene una presencia más fuerte y una energía física más intensa. La hembra, generalmente, posee una estructura más ligera y elegante, con movimientos más delicados y ágiles. Esa diferencia corporal también influye muchas veces en el comportamiento cotidiano.

Sin embargo, más allá de las características naturales, hay algo fundamental que muchas veces olvidamos: el entorno y la crianza influyen muchísimo más de lo que imaginamos. Un perro criado con amor, socialización y límites sanos tendrá muchas más posibilidades de ser equilibrado emocionalmente, independientemente de su sexo. Porque no todo depende de si es macho o hembra; también depende de cómo vive, cómo aprende y cómo se siente dentro de su hogar.

Hay machos extremadamente protectores y tranquilos. Hay hembras absolutamente explosivas y juguetonas. Cada perro es un universo propio. Y quizá esa sea una de las cosas más maravillosas de convivir con ellos: nunca dejan de sorprendernos.

Muchas personas también perciben diferencias en el apego. El macho suele ser más dependiente emocionalmente de manera evidente. Busca contacto físico constante, sigue a sus dueños por toda la casa y parece necesitar atención permanente. La hembra, aunque igualmente cariñosa, muchas veces mantiene una independencia más marcada. Ama profundamente, pero no siempre necesita demostrarlo a cada minuto. Es una diferencia sutil, pero que quienes conviven con perros reconocen rápidamente.

En los juegos también suelen notarse contrastes curiosos. Los machos muchas veces juegan con una energía torpe y descontrolada, como niños que todavía están aprendiendo a medir su fuerza. Las hembras suelen ser más estratégicas, más ágiles y atentas al entorno. Incluso cuando juegan intensamente, parece que conservan cierto control de la situación.

Y luego está el tema de la madurez. Muchos veterinarios y entrenadores coinciden en que las hembras suelen madurar emocionalmente antes. Aprenden rutinas más rápido y en ocasiones responden mejor al entrenamiento temprano. Los machos, en cambio, pueden mantener comportamientos juveniles durante más tiempo. Pero justamente esa “eterna juventud” es parte de su encanto. Hay algo imposible de no amar en ese perro adulto que todavía se emociona como cachorro al ver una pelota o escuchar la palabra “paseo”.

Claro que también existen diferencias relacionadas con la convivencia y la salud. Las hembras atraviesan el celo, algo que requiere ciertos cuidados adicionales si no están esterilizadas. Los machos pueden mostrar conductas territoriales más marcadas o tendencia a escaparse cuando detectan hembras cercanas. Son aspectos prácticos que muchas familias consideran al momento de elegir.

Pero más allá de todas las comparaciones, hay algo que siempre termina ocurriendo: el perro que llega a nuestra vida se convierte en “el mejor perro del mundo”, sin importar si es macho o hembra. Porque al final, el vínculo que se construye supera cualquier característica general.

Quien convive con un macho probablemente sonría recordando sus locuras, sus carreras absurdas por la casa o esa manera exagerada de celebrar cada regreso. Y quien vive con una hembra seguramente hablará de esa conexión silenciosa, de esa mirada inteligente y de esa forma tranquila de acompañar incluso en los días difíciles.

Tal vez la verdadera diferencia no esté en quién es “mejor”, sino en cómo cada uno ama a su manera. El macho suele amar con intensidad explosiva, como un fuego alegre que nunca se apaga. La hembra muchas veces ama con calma profunda, como una presencia constante que transmite seguridad. Dos formas distintas de entregar cariño, ambas igual de hermosas.

Y en medio de todo eso, nosotros terminamos aprendiendo algo importante: los perros tienen personalidades tan complejas y auténticas como las personas. No son simplemente “machos” o “hembras”. Son compañeros, confidentes, guardianes silenciosos y pequeñas almas llenas de emociones.

Quizá por eso resulta imposible explicar completamente lo que se siente convivir con ellos. Porque no importa cuántos libros leamos o cuántas diferencias intentemos analizar, siempre termina apareciendo algo único en cada perro. Ese gesto particular. Esa costumbre rara. Esa forma de mirarnos que parece decir muchísimo sin necesidad de palabras.

Al final, tanto el macho torpe y eternamente cachorro como la hembra madura y observadora terminan haciendo exactamente lo mismo: llenar la casa de vida. Uno con su energía desordenada y contagiosa. La otra con su sensibilidad tranquila y profunda. Diferentes, sí. Pero igualmente capaces de convertirse en parte inseparable de nuestra historia.

Y quizá ahí esté la magia más grande de todas: descubrir que no importa si llega a nuestra vida un macho juguetón o una hembra serena. Lo importante es que, de una manera u otra, terminan enseñándonos a amar con una fidelidad y una pureza que pocas cosas en el mundo pueden igualar. 🐶






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